CUANDO FUE…

CUANDO FUE…

Primer capítulo de mi libro “Mi hijo, mi maestro”

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CUANDO FUE…

Era el 15 de julio de 1997, ya de por sí me encontraba muy nervioso cuando oí un ligero, pero constante chirriar. Vi, entonces, asomarse a una robusta enfermera que empujaba una cuna por el pasillo. Detrás de ella tu madre, cansada, pero radiante y satisfecha, salía en camilla.

Al llegar la mujer de blanco hasta donde me encontraba, indicó que tú y el carrito eran todos míos y nos guió a los tres hasta la habitación. Ella me cedió el control del carrito y con esa potestad, pude verte y contemplarte, todo indefenso y cubierto con ropa desproporcionadamente grande: el gorro, la camiseta, el pantalón abultado por el pañal que se notaba debajo. Te habían colocado unas medias, en vez de las tradicionales manoplas (sí, aquellas que se le colocan a los recién nacidos para evitar que se lastimen por los movimientos involuntarios de sus extremidades) porque habías nacido prematuro y debías utilizar toda la ropa que tu madre había traído consigo para mantenerte abrigado.

Era curioso ver cómo te bamboleabas al ritmo del vaivén de la cunita rodante y con el chirrido que lo acompañaba, esto le daba un tono y un ritmo que terminó cuando llegamos a la habitación que le habían asignado a mamá.

Dicha habitación se encontraba llena de arreglos florales con mensajes de felicidad y buenos deseos para tu madre y para mí, delicados detalles para ti y muchos globos celestes con mensajes como « ¡Es un niño!». Todos estos componían un ambiente que le daba alegría a la rigidez de los colores sobrios.

Unos segundos después, llegó la obstetra a nuestra habitación, frunció el ceño y puso orden: indicó que la gran afluencia de visitantes no estaba permitida y mandó sacar algunos arreglos florales porque no era bueno para ti estar expuesto, dadas las condiciones de tu nacimiento. Luego, dispuso que te dieran un agua especial como primer alimento, esas que venden preparadas, ya después podríamos darte leche, ya sea materna o de fórmula.

Mientras la doctora daba las instrucciones, yo seguía observándote, eras un milagro, uno muy hermoso. Te tomé entre mis brazos deslizando la mano izquierda debajo de tu cabecita suave, blanda y llena de pelitos; la mano derecha debajo de tu potito.

Miré directo a tu cara para ver cómo reaccionabas en ese movimiento.

Aunque parecía que dormías, abriste los ojos y me miraste fijamente o al menos así lo creí. Fue ese momento especial con el cual me conquistaste, aquel en el que nos conectamos para siempre.

Bebiste suavemente el líquido que venía en una botellita esterilizada, esas pocas onzas de agua debidamente enriquecida fue tu primer alimento y fui yo quien te lo proporcioné.

Desde allí se inició nuestra tradición. Fui el primero en darte de beber, realidad que seguiría en tu vida, sería el primero en proporcionarte «alimento» en diversas situaciones de tu desarrollo y vida.

Ese día, hijo, cambiaste mi vida. Empecé a mirar todo desde otra perspectiva cuando llegaste.

 

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Antonio Tomasio

Consultor y Coach Internacional. Desde 1989 ha trabajado, sido Consultor y Coach en países tales como España, Bélgica, República Dominicana, Colombia, Venezuela, Perú y Estados Unidos. Profesor universitario. Dicta regularmente conferencias y seminarios y contribuye en forma continua en varias publicaciones.
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