EL VENDEDOR DE COCHAS

EL VENDEDOR DE COCHAS

Cuando mi abuelita Ana vivía tuvo la confianza para contarme algunas historias. Jugábamos rocambor[1] y, como yo era el único nieto que compartía su mayor distracción, llegamos a desarrollar una especial afinidad.

Una tarde de sábado, cuando una de las personas que había quedado para el juego se retrasó, me dijo: «Ven, vamos al jardín para conversar». Se apoyó en mi brazo y, con su movimiento oscilante por su débil cadera, avanzamos despacio. Llegamos, acomodándonos en las sillas de la terraza: desde allí se podía observar el jardín multicolor y escuchar el trinar de algunos pájaros.

Sin preámbulos, comenzó.

—Hace unos cuantos años, cuando éramos niñas, con mis hermanas solíamos jugar en el parque: ese que está al frente de la iglesia de San Lázaro. Ciertos días aparecía un viejito que llevaba una caja de cartón forrada en su interior con ese papel tosco y grueso de las bolsas de azúcar de 50 kg. En ese tiempo no se conocía el plástico —agregó para que me situara—. Llegaba y se sentaba en la banca más retirada, como para no interrumpirnos, camino a su casita en el pasaje Ripacha, que está más arriba de la iglesia, famoso por su pan. Una vez que habíamos jugado hasta el cansancio, con la propina que nos daban nuestros padres le comprábamos crujientes cochas, alfeñiques y cocadas[2]. Con un medio[3] nos llenábamos de esas delicias, y así recuperábamos nuestras energías.

«Este vendedor de cochas, como así pasamos a llamarlo, era un señor enjuto, alto pero encorvado, de cabello canoso. Usaba con prestancia un sombrero negro que, al parecer, era el único que tenía. Vestía camisa blanca y un traje negro, a veces era gris, con sus infaltables escarpines que cubrían parte de sus desgastados zapatos.

Él vendía sus productos por la ciudad y era muy popular y querido por todos, en especial por los niños.

Una tarde en que al parecer se sentía más comunicativo, mientras nosotras devorábamos nuestros dulces nos dijo:

—Niñas, sepan ustedes la maravilla que es tener y pertenecer a una familia. La mía es y será siempre la del orfelinato Chávez de la Rosa. Yo nací el mismo día de nuestra declarada independencia; así es, el 28 de julio de 1821. Mis padres también eran huérfanos y no tenían familiares en Arequipa. A mis tres años de edad, ellos perecieron en un accidente. Como no hubo familiares que se ocuparan de mí, me internaron en el orfelinato Chávez de la Rosa. Allí fue donde crecí y supe de las necesidades que los desamparados requieren. Lo experimenté en carne propia —Esto último lo dijo con una voz medio quebrada—. Por el dolor de no tener a nadie que te cuide, es que maduras rápido y pierdes la ilusión de ser niño, te conviertes a la fuerza en adulto. Allí vieron en mí, mis habilidades de servicio y me enseñaron lo que ellas sabían sobre cocina, repostería y medicina. Como era muy hábil, hicieron una excepción conmigo y no me echaron antes de los 18 años, como era la norma. El tiempo pasó y de pronto nuestra nación entró en guerra contra Chile. Por mi edad ya no pude participar. Fui testigo y sufrí la prepotencia y desmanes que los chilenos ocasionaron en nuestra ciudad. La venta de dulces era lo mío, así me ganaba la vida. Un día de esos me topé con una patrulla chilena, me interceptaron y, al ver lo que llevaba, me asaltaron. Dijeron que confiscaban mi producto. Me resistí y me llenaron de culatazos. Terminé inconsciente en el suelo. Cuando desperté tenía la cabeza rota y estaba muy adolorido, con sangre seca por toda la cara. Conmovidas personas que vieron cómo fui asaltado me socorrieron. Todavía en mis oídos resonaban las carcajadas y burlas de los atracadores. No podía tolerar que fueran a salirse con la suya, tenía que hacer algo. Gracias a los conocimientos de medicina que había adquirido con las hermanas en el orfelinato, y con el apoyo cómplice de algunos comerciantes, adquirí polvos laxativos y los mezclé con mis productos. La siguiente vez, busqué a propósito que me quitaran los dulces: pude ver cómo se peleaban entre ellos para comérselos. Por dentro estaba muy contento. Ello me animó y, con la confabulación de un farmacéutico, conseguí arsénico en polvo. Lo dosifiqué, siendo al momento de ingerirlo inofensivo, más con la ingesta frecuente llega a ser letal. Cada cierto tiempo me dejaba «robar», los chilenos se llenaban, sin saberlo, de veneno. Fui siempre cuidadoso. Además, los invasores eran muchos. Fue mi satisfacción el estar envenenándolos sin que ellos lo supieran. Para los chilenos mis dulces eran muy conocidos. Claro, cómo no serían conocidos si me los robaban. Ya no me golpeaban y tampoco se llevaban todo el contenido de la caja. Debía tener cuidado de no mezclar los «especiales» con la producción normal.

Esa fue mi contribución al esfuerzo bélico, y a la rebelión ciudadana silenciosa: mi revolución personal. La verdad es que no sé si alguno de los que se hartaban con mis dulces llegó a morirse. De eso hace tanto tiempo…

Ahora lo único que me queda son los recuerdos. A nadie le he contado esto, solo el farmacéutico lo sabía.

—Qué alegría, que ustedes no vivieran esos duros tiempos de la ocupación chilena, mis niñas— concluyó.

Mi abuelita me apretó la mano, indicándome para ayudarla a levantarse, y así nos dirigimos a la sala de juegos.

[1] Juego de cartas.

[2] Dulces típicos arequipeños.

[3] Cinco centavos.

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Antonio Tomasio

Consultor y Coach Internacional. Desde 1989 ha trabajado, sido Consultor y Coach en países tales como España, Bélgica, República Dominicana, Colombia, Venezuela, Perú y Estados Unidos. Profesor universitario. Dicta regularmente conferencias y seminarios y contribuye en forma continua en varias publicaciones.
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