LA FUERZA DE LO IMPOSIBLE

LA FUERZA DE LO IMPOSIBLE

Deseo contarles una pequeña parte de mi vida, hechos que nunca he podido olvidar. Existe el mal y es conjurado por fuerzas superiores. Basta de frases filosóficas, fui testigo de lo que voy a relatar. Sucedió hace mucho tiempo y fue ello lo que me selló de por vida.

Así se podía leer en la carta que se encontró dentro de las pertenencias de un anciano que murió en la indigencia poco después de la Guerra del Pacífico. Fue recuperada por lejanos familiares y guardada en algún baúl. Al final fue encontrada por un anticuario, cuando le vendieron el objeto en cuestión.

Cuando era un mozalbete, continua en la carta, estaba asignado en el ejército como ayudante de un antiguo capitán de artillería. Había visto combate y seguro que matado a más de uno. Marcado por sus heridas de guerra,  resaltaba la que tenía en la cara: le atravesaba la mejilla izquierda desde la altura de la nariz y terminaba donde normalmente debe estar la oreja. Se la había arrancado una bala casi completa. Cojeaba de forma ostensible y su aspecto era tenebroso. Profería comentarios macabros y nunca tenía una palabra amable. Al principio me asustó mucho, luego me acostumbré y ya sabía de memoria todas sus historias.

Un buen día llegó a la unidad un joven alférez, recién casado. A las semanas se presentó la joven esposa. Era la mujer más bonita que uno pudiera imaginar, un ángel. Saludó a todos por igual y dejó perplejo al capitán, quien  quedó perdidamente enamorado. Debo aclarar que todos quedamos prendados, pero ella solo tenía ojos para su amado, el alférez, que no sería mucho mayor que yo.

No es un secreto que, en algún momento del pasado histórico de Arequipa, nuestra venerada catedral sirvió de almacén de armamento. Ocurrió poco después del incendio de 1844. Se producía pólvora, y para ello se disponía de un área designada, con sus propios almacenes y lugar de trabajo.

En ese trajín, era necesario que se realizaran las pruebas pertinentes de calidad de la pólvora y munición. La fórmula de una mezcla entre salitre, carbón y azufre se mantenía en secreto. A pocos pasos de la catedral existe el llamado «Callejón de la Pólvora»[1]. Este oscuro lugar, al estar casi olvidado, era utilizado por los militares para realizar sus pruebas, ya sea de tiro o de calidad de la pólvora producida (de allí proviene su nombre). Una vez realizado un proceso, o lote de fabricación, se encargaba a los soldados que verificaran la calidad.

El armamento que se usaba en aquellos tiempos era, básicamente, de dos tipos: de avancarga, rifles que se cargaban por la boca del cañón y disparaban bolas de plomo, y los de cerrojo.

El capitán de artillería estaba al mando del destacamento destinado a la custodia de la catedral y sus operaciones. En los inicios de su carrera fue armero, muy entendido en fabricación, mantenimiento y uso del armamento.

Desde que conoció a la esposa del alférez, se dijo que ella sería suya: cambiaría el destino para que así fuera. Paso a paso urdió un plan para sacar al imberbe del medio y así poder casarse con la viuda. A nadie mencionó que estaba envenenado por su belleza, pero sus acciones lo delataban. En su creencia de obrar discretamente, yo lo sabía. A mí me consideraba un cualquiera y no tenía reparos en hablar con voz alta de sus planes.

Por su amplio conocimiento acerca del funcionamiento de las armas, saber de los infames accidentes que suelen ocurrir cuando no se tiene el cuidado suficiente en el manejo, supo lo que tenía que hacer. Eligió un rifle y limó el interior de la recámara. De esta manera, cuando se efectuara un disparo, este explotaría por la debilidad de su interior. En adición, moldeó unos proyectiles que contenían salientes. No era la perfecta bola esférica de plomo. Conocedor, también, de la preparación de la pólvora, elaboró una mezcla más reactiva. Con esos tres elementos, su propósito era eliminar físicamente al alférez. La conjunción de sus tres acciones: la pólvora ardería más rápido, la bala se atascaría en el cañón y, por debilitamiento de las paredes de la recámara, explotaría en la cara del tirador, matándolo de forma inmediata.

Programó la realización de las pruebas de pólvora necesarias. El alférez, y un grupo de tres soldados que lo acompañaban, serían los responsables de llevarlas a cabo. En el día señalado salieron por la puerta principal de la catedral, descendieron por las escaleras y giraron hacia la izquierda, encaminándose por la ligera cuesta[2]. Una vez dentro del callejón, tendieron una gruesa manta en el piso: dispusieron del armamento y, en un lugar retirado, los cuernos conteniendo las muestras de la pólvora. En unas bolsas de tela gruesa, la munición.

Nuestro capitán me llamó y me ordenó acompañarlo para certificar que las pruebas se llevaran a cabo según sus órdenes. Ello me sorprendió, ya que al capitán no le gustaba caminar, menos bajar escaleras o subir cuestas. Todo eso por el dolor que le producían las esquirlas alojadas en su cadera. Nos encaminamos y llegamos al lugar. El pelotón ya estaba terminando los preparativos. El alférez tomó el rifle que el capitán había estado trabajando, algo que me extrañó. Según mi experiencia, el arma no estaba lista para disparar, pero yo no era nadie para dar mi opinión si no me la solicitaban: no deseaba ser castigado.

Como de costumbre, se habían colocado las bolsas de arena al otro extremo del callejón para detener las balas de los disparos de prueba.

El alférez y su ayudante estaban dos pasos dentro del callejón. Levantó el arma, la cebó y, apoyando su mejilla en la culata, se aprestó a jalar el gatillo.

El sonido del disparo fue mucho más potente de lo habitual, me dio un buen susto. La densa humareda que ocasionó la explosión no despejaba a causa de la poca ventilación existente. A poco, salieron el alférez y el cabo que lo asistía, aturdidos. Surgieron de la humareda como aparecidos. Se quedaron, para mi sorpresa, mirando hacia mi dirección. No era a mí a quien estaban viendo, sino al capitán, que yacía en el piso, a mi izquierda. Tenía una gran mancha roja en el pecho.

Después de las investigaciones del caso se determinó que, al explotar la recámara, la bala salió disparada en forma vertical, con un ligero ángulo,  chocando en el techo del callejón; por efecto del rebote impactó al capitán en pleno corazón, quitándole la vida en el acto. Concluyeron que había sido un lamentable accidente, y yo sé que no.

Así concluía la carta del veterano de la Guerra del Pacífico, quien fue testigo de un hecho sin precedentes. Esta es una de esas historias extraviadas en el tiempo que, por azares del destino, se recuperan.

[1] Este callejón transcurre desde el número 106A de la calle San Francisco hasta la calle Jerusalén.

[2]   Hoy se conoce como La Pontezuela.

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Antonio Tomasio

Consultor y Coach Internacional. Desde 1989 ha trabajado, sido Consultor y Coach en países tales como España, Bélgica, República Dominicana, Colombia, Venezuela, Perú y Estados Unidos. Profesor universitario. Dicta regularmente conferencias y seminarios y contribuye en forma continua en varias publicaciones.
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