Lleva a los chicos al parque

Lleva a los chicos al parque

—Lleva a los chicos al parque —lo repitió. Al parecer no la habían escuchado.

Al que se refería era al llamado parque Colón, ubicado en la esquina de las calles Melgar con Peral, esquina opuesta a la iglesia de Santa Teresa. En la actualidad ya no es como lo recordamos, ya no existen las bancas conformando un círculo con los cuatro jardines cercados. Tampoco existe el quisco en el que vendían revistas y periódicos. En nuestros tiempos había una pileta en donde ahora se ubican las bancas, y también había cuatro lámparas con una base de concreto de diseño grotesco y antiguo: era la única iluminación de la que disponía el parque. Al no existir los jardines y demás obstáculos, era el lugar perfecto para dar rienda suelta a nuestra imaginación de niños y salvar al mundo.

Allí nos llevaba con temor Alejandrina, la encargada de vigilarnos o, mejor dicho, de velar por nuestra seguridad. Los sábados por la tarde no había ni un alma, a excepción de nosotros, que inventábamos juegos para sacudirnos del aburrimiento. A nuestra cuidadora no le hacía ninguna gracia venir al parque. En ese tiempo no le prestábamos atención, solo recuerdo que dejaba de sonreír y se ponía seria y nerviosa, como si algo fuera a pasar. Al principio nos contagió ese temor, lo exudaba sin ocultarlo. Apenas se percataba de que la luz del sol no iluminaba el campanario de la iglesia de Santa Teresa, no esperaba un minuto: teníamos que dejar de jugar e irnos inmediatamente.

Fue hace poco que, durante una conversación familiar, salió a relucir el recuerdo de nuestros tiempos de niños, esas tardes de juego en el parque mencionado. Hablamos acerca de la pileta, de lo tétrica que parecía cuando no recibía la luz solar.

Lo que causaba temor a Alejandrina era la visión que tuvo una tarde cuando, al regresar a casa por la calle Peral, decidió —como de costumbre— cruzar la plaza en dirección a la calle Melgar. Pesadas bolsas llevaba agarradas con las dos manos. El peso la había cansado más de la cuenta, así que decidió descansar y recuperar el aliento. Depositó las bolsas sobre una de las bancas cuya madera crujió como señal de lo pesadas que estaban. Se sentó al lado de ellas. En cuanto lo hizo se percató de que una persona ya estaba sentada en la banca. Algo curioso, ya que Alejandrina estaba segura de que no había nadie cuando se acercó. Ella escogió esa banca precisamente porque estaba libre. No le gustaba incomodar y prefería descansar sola. En fin, ya estaba sentada y no quería cambiar de banca. Apenas había espacio para ella, las bolsas y un muchacho que, además, leía un libro y no prestaba atención. De reojo, aunque giró ligeramente en su dirección, pudo observar que el joven llevaba puesto un saco de lana grueso y su cabeza estaba cubierta por un gorro con visera, también de lana, y combinaba con el resto de su ropa. A su lado se podía observar una maleta pequeña de cuero marrón, parecía que se iba de viaje. Él giró la cara en dirección a Alejandrina, la saludó con una venia y dijo: «Estoy esperando a mi amada». Dicho esto, volvió a su lectura. Lo que más llamó la atención de Alejandrina fue la cara de profunda tristeza que llevaba el joven hombre.

Ya repuesta, se levantó, cogió con nuevos ímpetus las dos pesadas bolsas, las alzó y dio inicio al último tramo. Llegó al borde de la esquina de la casa, justo donde termina el parque. La soledad del hombre le generó cierta melancolía. Volteó para darle una mirada de aliento, para que supiera que adonde fuera de viaje o como la vida lo fuera a tratar, todo saldría bien. Su cálida sonrisa se quedó congelada.

—¿Qué? ¿Ya se fue? No puede ser —se sorprendió Alejandrina—. Pero si solo he dado tres pasos, ¿cómo es posible? Ahí estaba, sentado, estaba esperando a su amor. Si ya hubiera llegado se estarían saludando y partirían luego. No puede desaparecer así.

Volvió a buscar, todas las bancas estaban vacías. Casi se le caen las bolsas por la impresión. Un súbito escalofrío la estremeció. Se quedó un rato parada, perdió la noción del tiempo. No podía pensar. Su mente se nubló. Así la encontró su amiga, quien trabajaba cerca de la casa donde ella cuidaba a la señora desde hacía varios años.

—Alejandrina, ¿qué pasa? ¿Has visto un fantasma? Vamos, mujer, que te están esperando. Me han enviado a buscarte pensando que te había pasado algo.

Apenas pudo saludar a su amiga y balbuceó algunas palabras: «Estaba ahí sentado y de pronto desapareció. No puede ser».

Fue a partir de ese día que Alejandrina, si podía evitar pasar por el parque aunque tuviera que dar un rodeo, lo hacía.

Después de muchos años, ya cuando éramos mayores y podíamos entender, nos contó lo que le había pasado. Cuando éramos pequeños ella quería vernos disfrutar nuestro tiempo, no deseaba perturbar nuestra ilusión por divertirnos. Por ello llevaba el temor dibujado en su rostro, y no cambiaba el gesto hasta que regresábamos sudorosos a tomar el té, a comer los sándwiches de queso caliente y los pasteles del Astoria que tanto les gustaba a nuestros padres.

Hasta hoy, cada vez que su amiga la ve cerca del parque, le dice: «No me digas que lo volviste a ver…».

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Antonio Tomasio

Consultor y Coach Internacional. Desde 1989 ha trabajado, sido Consultor y Coach en países tales como España, Bélgica, República Dominicana, Colombia, Venezuela, Perú y Estados Unidos. Profesor universitario. Dicta regularmente conferencias y seminarios y contribuye en forma continua en varias publicaciones.
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